la que entiende lo que siento,
la que me acepta,
la que anda perdida,
la que no me encuentra.
¿Dónde estás?
Si empiezas a leer algo y te gusta, puedes continuar hasta el final
la que entiende lo que siento,
la que me acepta,
la que anda perdida,
la que no me encuentra.
¿Dónde estás?
Siempre me había llamado mucho la atención el
término “calientabragas”, hasta que una vez llegó a mi vida uno, y luego otro,
y luego otro más…, y entonces entendí que la definición de esa palabra
compuesta era literalmente perfecta. Pensaba incluso que toparme con uno de
ellos era tan probable como ganar el Euromillones, pero me equivoqué, hay
muchos de esos seres pusilánimes pululando a nuestro alrededor.
No soy psicóloga, ni socióloga, ni nada que le pueda otorgar validez
científica a estas líneas, pero sí puedo afirmar que soy muy observadora y
tengo bastante sentido común y, después de tres desafortunados tropezones con tres
de estos parásitos sociales puedo corroborar que, por lo menos en mi caso, los
tres actuaron siguiendo un mismo patrón.
En realidad el “calientabragas” es un simple ególatra con complejo de
inferioridad; es egoísta porque le importa un bledo tus sentimientos, los míos
y los de cualquier ser que no sea él mismo. Ni siquiera se plantea si hace daño
o no con su comportamiento, a él lo que le importa es seducir a su víctima y
apuntarse una conquista más para alimentar su ego, eso sí, a la hora de
consumar la conquista con un acto físico o sexual, su cobardía le impide llegar
hasta donde llegaría un hombre que de verdad quiere a la otra persona, pues únicamente
piensa en su propia satisfacción; ya has caído en sus redes, ya está
satisfecho. No entiende el amor como un acto de generosidad, de compartir, de
sinceridad, de satisfacer y hacer sentir bien a la persona amada…, de hecho ni
siquiera está capacitado para amar.
Pero a pesar de su egolatría, el “calientabragas” tiene un enorme
complejo de inferioridad que esconde tras ese disfraz de conquistador nato.
Esto lo comprendí al descubrir que mis tres “calientabragas” tenían pareja –sí, de esa con la que van al cine y a cenar-.
La cuestión es que el “calientabragas”
se quiere tanto que, si la gente de su entorno tiene pareja, cómo no va a tener
él que está por encima del resto de seres humanos. Y es aquí donde empiezan
todos sus complejos, pues su mente perturbada le dice que un ser como él merece
la mejor persona, una pareja ejemplar que cause admiración en su entorno
social, alguien envidiable e inalcanzable para todos menos para él, sin
embargo, eso no ha sido posible y el “calientabragas” tiene que salir a
conquistar para autoconvencerse de que tiene la pareja que tiene porque quiere pero
podría tener alguien mejor, mostrando así sus más profundas miserias ya que,
por pánico al fracaso, no se atreve ni siquiera a preguntarse si esas personas
a las que seduce y con las que no llega a nada estarían dispuestas a tener algo
serio con él.
A pesar de todo, tengo que reconocer que mi último “calientabragas” me
hizo pasar muy buenos ratos. Su falta de inteligencia emocional le hizo decir cosas
que le delataron desde el primer momento, por lo que decidí que, además de “calientabagas,”
fuese también “pagafantas”, otro vocablo que me dibuja una sonrisa casa vez que
lo escucho pronunciar. Dicho y hecho, el pobre “calientabragas” me invitaba a
cenar, a beber, al cine…, incluso llegó a cocinar para mí… gratis. Estaba tan
manso que un día decidí llevármelo de visita al trabajo para dar celos a un
chico que me gusta. Ahí iba él, orgulloso de llevarme a su lado, tan seguro de
tenerme bebiendo de su mano que no supo mirar más allá de sí mismo. Creo que
llegué a alimentar tanto su ego que me convertí en su adicción, en una especie
de droga de droga de la que no le era fácil desengancharse. Me enviaba mensajes
al móvil nada más levantarse, me proponía mil planes para quedar a solas
conmigo, me enviaba fotos de su perro como excusa para iniciar una
conversación, me escribía justo antes de irse a dormir… Casi logra que la
imagen de falso despiadado que yo tenía de él se tornase en patético
desesperado, pero una vez más sus comentarios desafortunados me hicieron volver
a la realidad. De hecho, una de las cosas que más me chocaban era que cada vez
que nos despedíamos me abrazaba muy fuerte durante bastante rato y me daba un
beso en la cara. Nunca he llegado a entender por qué lo hacía, supongo que su
inmadurez y su incapacidad para mantener una relación sana le hacían hacer
cosas absurdas.
Me dedicaba tanto tiempo que al final pasó lo que todos esperábamos, su
novia empezó a sospechar y, en lugar de hablar con él como harían las personas
cabales, se dedicó a investigar sus redes sociales hasta que dio conmigo. Es
muy curioso que invirtiera su tiempo en mirar las fotos y las historias de mi
perfil como una forma de reclamar su virtual posición en la vida de un ser tan
pusilánime.
Reconozco que al principio confundí el perfil de la susodicha con uno de
esos spam que te saltan con señoritas “no muy decentes” según la moral
cristiana, pero luego entendí que la pareja de estos seres tan simples deben
ser también seres poco brillantes, más preocupados por su físico que por su
dignidad.
Llegados a este punto, decidí que era el momento de representar mi gran
papel. “Show must go on”, por lo que dejé, por última vez, que me invitase a
cenar a un restaurante rico y ahí, justo en el momento en que la camarera dejó
los platos sobre nuestra mesa, le enseñé una foto de su susodicha en la que iba
desnuda con un vestido con el que era imposible llevar bragas ni sujetador sin
enseñar hasta las etiqueta de fabricado. De repente su cara se puso roja, luego
blanca, y luego un poquito azulada mientras hacía unas muecas raras y unos
movimientos más extraños, si cabe, con las manos, el cuello y los hombros mientras
yo por dentro reía y reía. Entonces cogí un trozo de lasaña, me la metí en la
boca y mastiqué lentamente mientras disfrutaba con su baile de movimientos
arrítmicos hasta que me levanté y me fui del restaurante para poder hacer ruido
con las carcajadas que estaban deseando salir de mi garganta.
Al
final estos seres absurdos hacen que valores aún más a las personas que tienen
valores como la sinceridad, la bondad o la generosidad; pero no puedo dejar de
agradecer a mi último “calientabragas” todos los buenos ratos que me ha hecho
pasar con su sarta de mentiras.
Tal vez el problema esté
en la enseñanza, en la manera en que a veces se explica la poesía, como algo
lejano en el tiempo, con un lenguaje enrevesado como el de Góngora o como el
pesar de un enamorado como Neruda o Bécquer. Sí, eso es poesía, pero la poesía
no solo está en los versos de un poema, la poesía vive en las pintadas de las
fachadas de edificios, en las canciones –y no solo en las de amor-, en los
anuncios publicitarios... Y es que la poesía no nació para leerse, nació para
cantarse, para recitarse en público con ritmo, armonía y
musicalidad; y hoy, gracias a grupos como Måneskin,
se sigue cantando.
Al igual que la
literatura italiana sedujo a nuestros literatos renacentistas, entre otras
cosas, por la musicalidad de su lengua y por composiciones como la
terza rima, la lira o la silva; Måneskin, ese grupo formado por
cuatro adolescentes italianos, está triunfando por toda Europa con su poesía,
esa dulce poesía que nos emociona con historias como la de “Coraline”. Las
entradas para sus conciertos se agotan en apenas horas, los recintos donde
actúan se llenan de gente que desgarran sus gargantas porque quieren que se les
oiga -a pesar de no tener el micro de Damiano- sin darse cuenta de que están
recitando poesía, ¿o acaso no es poético escuchar cómo miles de personas gritan
a la vez “for your love I’ll do whatever you want”? Muchos se preguntan quién
es esa Marlena que “torna a casa”, y es que, al igual que Garcilaso con su
“Elisa” o Lope de Vega con su “Lucinda”, los Måneskin también
tienen su musa, sienten amor, miedo –aunque no “la paura del buio”-,
inconformismo ante la vida…, un huracán de sentimientos que expresan a través
de la música, esa música que desde hace siglos envuelve la poesía y hace que la
encuadremos en ese género conocido como lírico.
Es maravilloso ver cómo
cuatro jóvenes sienten esas ansias de mostrarle al mundo su poesía, de
recitarle versos a los que adornan con una vestimenta rompedora que no es de
hombre ni de mujer, sino de personas. Frases como “perché la vita senza te, non
può essere perfetta” bien podrían haber pertenecido a Neruda, Lorca e incluso
ese mismo sentimiento se encuentra en la “Égloga I” de Garcilaso, ese español
al que tanto le influyó Petraca.
Demasiados valores,
demasiadas expectativas puestas en un grupo de rock cuyos miembros han tenido
que recordarnos que solo tienen “vent’anni”.