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miércoles, 7 de febrero de 2018
Amor
Y entonces, cuando crees que tu vida está tranquila, viene alguien y lo pone todo patas arriba.
sábado, 18 de noviembre de 2017
Mundo Unicornio
Hay unicornios que te hacen feliz para siempre y unicornios que te hacen feliz durante un tiempo. Luego están los que no saben hacer feliz a nadie, que no son unicornios, son pegasos, y hay que dejarlos volar lejos, muy lejos... Los pobres no tienen cuerno y no saben de sentimientos.
Una vez conocí a un pegaso, aunque al principio pensé que era un unicornio de los de felicidad infinita. Hablaba como un unicornio, reía como un unicornio e incluso amaba como un unicornio. Me invitó a subir sobre su lomo y me llevó volando junto al arco iris. Soñamos tumbaos en una nube, cabalgamos sobre varias estrellas y hasta dormimos en otro planeta del que recuerdo el nombre, pero era un planeta silencioso con un olor muy peculiar. No tenía dudas, era un buen unicornio.
Una vez conocí a un pegaso, aunque al principio pensé que era un unicornio de los de felicidad infinita. Hablaba como un unicornio, reía como un unicornio e incluso amaba como un unicornio. Me invitó a subir sobre su lomo y me llevó volando junto al arco iris. Soñamos tumbaos en una nube, cabalgamos sobre varias estrellas y hasta dormimos en otro planeta del que recuerdo el nombre, pero era un planeta silencioso con un olor muy peculiar. No tenía dudas, era un buen unicornio.
Al día siguiente volví al lugar donde lo había conocido, quería que volviésemos a volar juntos. Pregunté a las flores, a la hierba, a los árboles, a alguna que otra piedra..., pero nadie lo había vuelto a ver.
Supuse que algo le habría pasado, pues no es fácil volar y soñar junto a alguien en una nube y estaba segura de que él querría repetir. Pasé varios meses yendo al lugar donde lo vi por primera vez, pero mi unicornio no volvió a aparecer.
A pesar de su ausencia, mi mente lo recordaba todos los días: volábamos juntos, soñábamos juntos, cabalgábamos sobre nuevos planetas... Hasta que una tarde, una de esas en las que el corazón llora de tristeza, volví al lugar donde lo vi por primera vez y lo encontré tumbado sobre la hierba. Las lágrimas del corazón se secaron y la sonrisa estiró mi boca. Volvimos a volar juntos, pero esta vez fue distinto: volaba menos alto, apenas quiso tumbarse sobre las nubes -creo que tenía miedo a caerse- y ni siquiera llegamos a otro planeta. Fue entonces cuando me di cuenta de que no tenía cuerno, no era un unicornio, era simplemente un pegaso.
Pasé días y días pintándole la crin con los siente colores del arco iris, lavé sus ojos para que brillaran como los de un unicornio, froté su piel con paños de seda para que brillara como la de un unicornio, hasta le perfumé con olor de unicornio, pero no conseguí que en su frente creciera un cuerno de unicornio.
Yo sabía que necesitaba a mi lado un unicornio con un cuerno lleno de sentimientos, y él sabía que sin esos sentimientos no sería lo suficientemente bueno para mí; así que lo dejé volar lejos, muy lejos. Quizás algún día aprenda a volar tan alto como un unicornio y consiga un cuerno lleno de buenos sentimientos. Si eso llegase a suceder, el arco iris le avisará de dónde puede encontrarme.
lunes, 4 de septiembre de 2017
Sota, caballo y rey
Desde hace tiempo ronda en mi cabeza la absurda idea de intentar comprender al género masculino, a pesar de que siempre he oído decir que ellos son simples y que las complicadas somos nosotras porque decimos una cosa cuando queremos decir otra, cambiamos constantemente de humor -sobre todo en esos días-, somos manipuladoras... En definitiva, somos un rompecabezas imposible de resolver. Pero, ¿cómo son ellos? Esta duda me surgió a principios de abril, al escuchar a una amiga decir con absoluta convicción: "los hombres son sota, caballo y rey, y ya está".
Abrumada ante una definición que pone el énfasis en la simpleza mental y espiritual del género masculino, empecé a cavilar sobre cuál sería la sota, cuál el caballo y cuál el rey; porque a veces, lo que parece simple no es tan simple, y lo que parece querer decir una una cosa puede querer decir otra, por eso es necesario ahondar en el mensaje superficial para llegar a la idea profunda de tan jugosa -aunque aparentemente simple- frase.
Para mí estaba claro que si lograba averiguar cuáles eran esa sota, ese caballo y ese rey, me convertiría en una "dominatrix", una "femme fatale", una diosa de la conquista, una seductora imparable e indañable, una rompecorazores-vengadora de todos aquellos que dañaron mi corazoncito puro y sincero.
Impaciente por resolver el misterio que me abriría las puertas del triunfo, comencé a observar a todo hombre que se cruzaba en mi vida: amigos, camareros, guapos dependientes de tiendas baratas, locos que se me acercaban para ligar -muy valiosos para este estudio-, locos que me encantaban y no se me acercaban, novios de amigas, novios cornudos de amigas...
Después de varios meses de observación y riguroso análisis de los datos recopilados, la única conclusión a la que he llegado es que no sé distinguir a un hombre inmaduro de un hombre gilipollas. Es tan fina la línea que divide ambas cualidades, que a veces se difumina hasta el punto de lograr una interrelación en la que inmadurez y gilipollez interactúan al unísono.
Se podría pensar, y con justa razón, que he simplificado mucho la conclusión de tan exhaustivo estudio, así pues, para evitar caer en tal simplismo, procederé a describir -de manera escueta- algunos de los casos observados y anotados en mi cuaderno de análisis, para que sirvan de ejemplo y argumento de peso a favor de mi científica conclusión:
CASO 1: hombre (Sujeto A), conoce a mujer semininfómana y loca (Luisa), y a la hora de conocerla se convierte en el tema de todas sus conversaciones.
Conclusión: claro ejemplo de hombre inmaduro.
CASO 2: el Sujeto A logra mantener relaciones con Luisa -sin apenas esfuerzo-, la que anteriormente ha mantenido relaciones con varios amigos de dicho sujeto y con el propio hermano de este.
Conclusión: claro ejemplo de hombre gilipollas.
Dilema: Sujeto A, ¿inmaduro o gilipollas?
CASO 3: hombre (Sujeto B), intenta conquistar a mujer (Luna) hablándole de su exnovia.
Conclusión: claro ejemplo de hombre inmaduro.
CASO 4: el Sujeto B, al ser rechazado por Luna, tiene una cita con otra mujer para mantener relaciones con esta -logrando practicar el coito con la misma-, y se lo cuenta a Luna para provocarle celos y así despertar el interés por él.
Conclusión: Claro ejemplo de hombre gilipollas.
Dilema: Sujeto B, ¿inmaduro o gilipollas?
CASO 5: hombre (Sujeto C) que tiene novia (Úrsula), la cual termina su relación con el Sujeto C para volver con su anterior novio. El Sujeto C asegura que Úrsula jamás le fue infiel.
Conclusión: claro ejemplo de hombre inmaduro.
CASO 6: el Sujeto C vuelve a iniciar una relación con Úrsula porque el exnovio por el cual le dejó la ha mandado a paseo. El Sujeto C sigue afirmando que Úrsula jamás le ha sido infiel y ha vuelto con él -por segunda vez- por amor.
Conclusión: claro ejemplo de hombre gilipollas.
Dilema: Sujeto C, ¿inmaduro o gilipollas?
Y así he documentado más de cien casos de hombres a los que, no solo no sé cómo calificar, sino que han hecho que entienda al género masculino menos de lo que lo entendía cuando empecé a analizar su conducta.
La única opción que me que queda es pedir ayuda y preguntar a mi querida amiga -autora de tan rotunda definición-, así como a todas las mujeres que deseen colaborar con su sapiencia, cuál es la sota, cuál es el caballo y cuál es el rey.
sábado, 24 de septiembre de 2016
Querido Django
Nunca leerás estas líneas,
pequeño Django, pero necesitaba despedirme, decirte hasta nunca, mandarte al
infierno, soñar con no volver a verte, sentir que te corroe la rabia, saber que
te mueres de envidia, ver que se te borra la sonrisa, imaginar que nunca exististe…
He de confesar que al principio
me encantó tu puntito de locura, hasta que descubrí que el puntito era un
agujero negro. Estás loco, muy loco, loquísimo; eres de esos locos sin
solución, de esos que enamoran y al
instante decepcionan…, un loco permanente que va degenerando. Aun así, no puedo
decirte adiós sin agradecerte tu gran regalo: hacer que mi estómago se diera la
vuelta cada vez que sentía cerca tu presencia. Fue maravilloso experimentar
algo tan sorprendente e incontrolable al mismo tiempo. Nadie había conseguido
ese efecto en mí, ni la situación más alegre de mi vida, ni el momento de mayor
estrés de mi existencia. Será bonito
desaparecer pudiendo afirmar que algo así existe, y existe porque yo lo sentí
muchas veces.
Gracias también por humillarme,
mentirme, desearme, confundirme y conseguir que me repugnes. Pensaba que la
repugnancia era solo aplicable a las cosas, pero me has hecho saber que también
es aplicable a ciertas personas, a pocas, afortunadamente, pero es curioso descubrir
que lo que antes me hacía vibrar, ahora me hace vomitar.
Pequeño Django, me alegra haberme
dado cuenta de que eres imbécil, siempre es más fácil olvidarse de un subnormal
profundo que de un agradable y simpático intelectual.
Ya no recuerdo tu olor, tu cara se ha vuelto borrosa, he olvidado tus
gestos, tus andares, tus besos…, son tantas las señales que me indican que debo
expulsarte de mi vida, que no me queda más remedio que iniciar esta despedida.
No te deseo lo mejor -para qué
ser hipócrita en este momento de sinceridad-, me deseo lo mejor y que tú estés
ahí para verlo y para sentir cómo tu estómago se da la vuelta cuando notes cerca de ti mi
presencia. Muérete de celos, consúmete de pena, húndete en la miseria y
obsérvame serena, feliz, siempre feliz.
Ni un segundo más puedo
dedicarte, así que, adiós, pequeño Django.
viernes, 27 de mayo de 2016
Tristeza
A veces la tristeza es la más fiel compañera.
Bienvenida, amiga, quédate el tiempo que quieras;
aunque advierto que cuando marches,
cerraré con llave la puerta.
Bienvenida, amiga, quédate el tiempo que quieras;
aunque advierto que cuando marches,
cerraré con llave la puerta.
jueves, 24 de marzo de 2016
Momento eterno
Un abrazo, una caricia,
roce del pecho al talón.
Mil besos, sabor, delicia,
fundidos..., ya no son dos.
Silueta petrificada,
el viento a su alrededor,
acordes ruborizados
sonando entre la canción.
Una mano en movimiento
continúa la labor,
rubor rojo desde el cuello,
no se oculta la tensión.
Las agujas se revelan,
dejan sin cuerda al reloj,
el tiempo ya se ha parado,
¡típica estampa de amor!
sábado, 19 de marzo de 2016
El camino de la felicidad
Lo que es imposible nunca podrá ser, pero lo que tiene que
ser..., será. Lo tuyo y lo mío –no
sé si hay algo nuestro- parece que no puede ser…, y lo acepto. Así de simple
y tajante, sencillo, banal…, así de fácil se encuentra el camino hacia la
felicidad, aceptando lo que no puede ser y luchando por lo que sabemos que
tiene que suceder.
Cuesta, a
veces, asumirlo, duele dejar atrás el
peso que nos impide avanzar por el sendero divino, pero lo que más asusta es
llegar al grado de madurez que ilumina el razonamiento acertado, ese que de un
plumazo aparta la cortina de flores y abre las puertas de la serenidad.
Y es que en el camino de la felicidad el cariño no es
amor, incluso a veces puede llegar a ser compasión, y quien por cariño acompaña
pronto cambia de flor. El amor -es
cierto- mueve el mundo, pero paraliza a los cobardes, porque la pasión dura un
tiempo y el amor es eterno, eternidad infinita, demasiado para corazones
pequeños –esos que yo ya no quiero-. Mejor amor con raíces profundas, amor, solo amor profundo en mi mismo suelo.
No tardé mucho en descubrir que no todas las
palabras son sinceras, ni todas las promesas verdaderas, y está claro, más que
claro, que quien te falló una vez, te fallará una vez más y, cómo no, te
fallará una tercera. Pero lo que sí me costó asumir es que el esfuerzo no
siempre da su recompensa, aunque sí deja
siempre buenas secuelas; ¿acaso no es eso suficiente?
Y analizando la
confusión que hasta hace poco me nublaba la razón, descubrí que los zapatos que
un día sonaron a música celestial hoy caminan con pisadas de verdugo decadente.
Creí que eran de buena gente pero son zapatos de saldo, por eso es mejor
dejarlos que se alejen tristemente con su mundo de mentiras, con su ego y sus
espinas, que se marchen muy, muy lejos, donde ya no pueda verlos, donde los
olvide mi mente.
Yo encontré el
camino de la felicidad, caminito que escondido se mostró frente a mis ojos y a los ojos de la gente, y me dijo con voz tenue que preguntara a mi alma y apuntase las palabras en papel porque, algo tan fácil como un escrito, sirve para cerrar una etapa..., lo difícil es escribirlo preguntando antes al alma.
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