domingo, 8 de marzo de 2015

¡Gracias!

Mi corazón latía apaciblemente como una procesión de Semana Santa; silencioso, acompasado, haciendo el mínimo esfuerzo para seguir en este mundo.
Mi mente permanecía en blanco, tranquila, sosegada, ejerciendo su papel solo cuando era imprescindible, sin mayor labor que la mera subsistencia. 
De repente, las puertas se abrieron y tu fugaz presencia me alteró todo el orden establecido: el corazón subió a la garganta, la garganta bajó al estómago, el estómago subió la cabeza, la cabeza llamó al sudor, el sudor salió por las manos, las manos tocaron la frente, la frente empezó a pensar, los labios se secaron, la lengua no podía hablar… Eras tú y solo tú en medio de aquella estancia borrosa quien me despertó ese día. Aún tiemblo y siento miedo pero…,¡gracias por devolverme a la vida!
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