Mi corazón latía apaciblemente como una procesión de Semana
Santa; silencioso, acompasado, haciendo el mínimo esfuerzo para
seguir en este mundo.
Mi mente permanecía en blanco, tranquila, sosegada,
ejerciendo su papel solo cuando era imprescindible, sin mayor labor que la mera
subsistencia.
De repente, las puertas se abrieron y tu fugaz presencia me
alteró todo el orden establecido: el corazón subió a la garganta, la garganta
bajó al estómago, el estómago subió la cabeza, la cabeza llamó al sudor, el
sudor salió por las manos, las manos tocaron la frente, la frente empezó a
pensar, los labios se secaron, la lengua no podía hablar… Eras tú y solo tú en
medio de aquella estancia borrosa quien me despertó ese día. Aún tiemblo y
siento miedo pero…,¡gracias por devolverme a la vida!