Nunca leerás estas líneas,
pequeño Django, pero necesitaba despedirme, decirte hasta nunca, mandarte al
infierno, soñar con no volver a verte, sentir que te corroe la rabia, saber que
te mueres de envidia, ver que se te borra la sonrisa, imaginar que nunca exististe…
He de confesar que al principio
me encantó tu puntito de locura, hasta que descubrí que el puntito era un
agujero negro. Estás loco, muy loco, loquísimo; eres de esos locos sin
solución, de esos que enamoran y al
instante decepcionan…, un loco permanente que va degenerando. Aun así, no puedo
decirte adiós sin agradecerte tu gran regalo: hacer que mi estómago se diera la
vuelta cada vez que sentía cerca tu presencia. Fue maravilloso experimentar
algo tan sorprendente e incontrolable al mismo tiempo. Nadie había conseguido
ese efecto en mí, ni la situación más alegre de mi vida, ni el momento de mayor
estrés de mi existencia. Será bonito
desaparecer pudiendo afirmar que algo así existe, y existe porque yo lo sentí
muchas veces.
Gracias también por humillarme,
mentirme, desearme, confundirme y conseguir que me repugnes. Pensaba que la
repugnancia era solo aplicable a las cosas, pero me has hecho saber que también
es aplicable a ciertas personas, a pocas, afortunadamente, pero es curioso descubrir
que lo que antes me hacía vibrar, ahora me hace vomitar.
Pequeño Django, me alegra haberme
dado cuenta de que eres imbécil, siempre es más fácil olvidarse de un subnormal
profundo que de un agradable y simpático intelectual.
Ya no recuerdo tu olor, tu cara se ha vuelto borrosa, he olvidado tus
gestos, tus andares, tus besos…, son tantas las señales que me indican que debo
expulsarte de mi vida, que no me queda más remedio que iniciar esta despedida.
No te deseo lo mejor -para qué
ser hipócrita en este momento de sinceridad-, me deseo lo mejor y que tú estés
ahí para verlo y para sentir cómo tu estómago se da la vuelta cuando notes cerca de ti mi
presencia. Muérete de celos, consúmete de pena, húndete en la miseria y
obsérvame serena, feliz, siempre feliz.
Ni un segundo más puedo
dedicarte, así que, adiós, pequeño Django.