lunes, 29 de noviembre de 2021

En el andén

No sé si alguien siente lo mismo que yo cuando sube a un tren pero, a pesar de llevar 22 años haciendo el mismo recorrido, no dejo de sentir esa explosión de sentimientos cada vez que me siento en el sillón y miro por la ventanilla antes de que empiece a moverse. Siempre es lo mismo, gente que mira de fuera a adentro aunque sabe que el contraste de luz no les va a dejar ver nada, gente de dentro y de fuera que acerca su cara al cristal buscando despedirse una vez más con algún gesto cariñoso, y gente como yo –supongo que habrá más- que recordamos a esa persona que vimos por última vez en ese anden de baldosas rojas tirándome un beso y diciéndome adiós para siempre.

En ese andén y en ese banco de piedra hemos vivido muchos momentos, como aquel en el que nos despedimos la primera vez que mamá ya no estaba con nosotros y nos prometimos hablar por teléfono todos los días de nuestras vidas para asegurarnos de que los dos estábamos bien. Y así lo cumplimos durante más de un año hasta que tú, cansado de tantas despedidas y de verme partir tantas veces, decidiste que ya era hora de marchar con mamá.

Nadie imagina que yo, cada vez que vuelvo a Madrid, desde el asiento de ese tren parado, siempre miro por la ventanilla y te veo diciéndome adiós, y dentro de mi cabeza repito: “No te preocupes, papá, cuando llegue a casa te llamo para que sepas que he llegado bien”.

domingo, 10 de octubre de 2021

Måneskin también es poesía

   “Que ya no se lee poesía, que la poesía es cosa de los antiguos, de Bécquer, Quevedo y esa gente…” Este fue el comentario que escuché anoche en un bar del barrio madrileño de Lavapiés. Tal mensaje salió de la boca de un adolescente que expresaba su opinión a quienes parecían ser sus colegas mientras le daba un trago a su tercio de Alhambra. No sé si me dejaron más sorprendida sus palabras o el hecho de que llevase una camiseta con el logotipo de Måneskin, un grupo italiano de rock, estampado en la parte delantera. ¿Cómo puede alguien llevar en su pecho auténtica poesía pero a la vez negar que esté de moda? Sin duda, magnífica contradicción que me lleva a preguntarme si realmente ese es el pensamiento de la mayoría de las nuevas generaciones. Sinceramente, no lo creo; no puedo creerlo. La poesía es una expresión de sentimientos acompañada de ritmo; la poesía es intentar plasmar en un papel lo que de nosotros solo conoce nuestra alma, nuestros pensamientos más íntimos; la poesía es libertad de expresión, desahogo, emoción, tristeza, rabia, felicidad… ¿Cómo podríamos seguir siendo humanos sin todas esas sensaciones?

   Tal vez el problema esté en la enseñanza, en la manera en que a veces se explica la poesía, como algo lejano en el tiempo, con un lenguaje enrevesado como el de Góngora o como el pesar de un enamorado como Neruda o Bécquer. Sí, eso es poesía, pero la poesía no solo está en los versos de un poema, la poesía vive en las pintadas de las fachadas de edificios, en las canciones –y no solo en las de amor-, en los anuncios publicitarios... Y es que la poesía no nació para leerse, nació para cantarse, para recitarse en público con ritmo, armonía y musicalidad;  y hoy, gracias a grupos como  Måneskin, se sigue cantando.

   Al igual que la literatura italiana sedujo a nuestros literatos renacentistas, entre otras cosas,  por la musicalidad de su lengua y por composiciones como la terza rima, la lira o la silva; Måneskin, ese grupo formado por cuatro adolescentes italianos, está triunfando por toda Europa con su poesía, esa dulce poesía que nos emociona con historias como la de “Coraline”. Las entradas para sus conciertos se agotan en apenas horas, los recintos donde actúan se llenan de gente que desgarran sus gargantas porque quieren que se les oiga -a pesar de no tener el micro de Damiano- sin darse cuenta de que están recitando poesía, ¿o acaso no es poético escuchar cómo miles de personas gritan a la vez “for your love I’ll do whatever you want”? Muchos se preguntan quién es esa Marlena que “torna a casa”, y es que, al igual que Garcilaso con su “Elisa” o Lope de Vega con su “Lucinda”, los Måneskin también tienen su musa, sienten amor, miedo –aunque no “la paura del buio”-, inconformismo ante la vida…, un huracán de sentimientos que expresan a través de la música, esa música que desde hace siglos envuelve la poesía y hace que la encuadremos en ese género conocido como lírico.

   Es maravilloso ver cómo cuatro jóvenes sienten esas ansias de mostrarle al mundo su poesía, de recitarle versos a los que adornan con una vestimenta rompedora que no es de hombre ni de mujer, sino de personas. Frases como “perché la vita senza te, non può essere perfetta” bien podrían haber pertenecido a Neruda, Lorca e incluso ese mismo sentimiento se encuentra en la “Égloga I” de Garcilaso, ese español al que tanto le influyó Petraca.

   Demasiados valores, demasiadas expectativas puestas en un grupo de rock cuyos miembros han tenido que recordarnos que solo tienen “vent’anni”.

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