martes, 31 de mayo de 2022

Perdida

Quizás dentro de un tiempo
entienda
por qué está pasando
todo esto.
De momento observo,
estoy alerta.
¿Llegará mi respuesta?

jueves, 5 de mayo de 2022

miércoles, 4 de mayo de 2022

Alma gemela

A mi alma gemela,

la que entiende lo que siento,

la que me acepta,

la que anda perdida,

la que no me encuentra.

¿Dónde estás?

¡Regresa!

viernes, 1 de abril de 2022

"Calientabragas"

   Siempre me había llamado mucho la atención el término “calientabragas”, hasta que una vez llegó a mi vida uno, y luego otro, y luego otro más…, y entonces entendí que la definición de esa palabra compuesta era literalmente perfecta. Pensaba incluso que toparme con uno de ellos era tan probable como ganar el Euromillones, pero me equivoqué, hay muchos de esos seres pusilánimes pululando a nuestro alrededor.

   No soy psicóloga, ni socióloga, ni nada que le pueda otorgar validez científica a estas líneas, pero sí puedo afirmar que soy muy observadora y tengo bastante sentido común y, después de tres desafortunados tropezones con tres de estos parásitos sociales puedo corroborar que, por lo menos en mi caso, los tres actuaron siguiendo un mismo patrón.

   En realidad el “calientabragas” es un simple ególatra con complejo de inferioridad; es egoísta porque le importa un bledo tus sentimientos, los míos y los de cualquier ser que no sea él mismo. Ni siquiera se plantea si hace daño o no con su comportamiento, a él lo que le importa es seducir a su víctima y apuntarse una conquista más para alimentar su ego, eso sí, a la hora de consumar la conquista con un acto físico o sexual, su cobardía le impide llegar hasta donde llegaría un hombre que de verdad quiere a la otra persona, pues únicamente piensa en su propia satisfacción; ya has caído en sus redes, ya está satisfecho. No entiende el amor como un acto de generosidad, de compartir, de sinceridad, de satisfacer y hacer sentir bien a la persona amada…, de hecho ni siquiera está capacitado para amar.

   Pero a pesar de su egolatría, el “calientabragas” tiene un enorme complejo de inferioridad que esconde tras ese disfraz de conquistador nato. Esto lo comprendí al descubrir que mis tres “calientabragas” tenían pareja  –sí, de esa con la que van al cine y a cenar-.  La cuestión es que el “calientabragas” se quiere tanto que, si la gente de su entorno tiene pareja, cómo no va a tener él que está por encima del resto de seres humanos. Y es aquí donde empiezan todos sus complejos, pues su mente perturbada le dice que un ser como él merece la mejor persona, una pareja ejemplar que cause admiración en su entorno social, alguien envidiable e inalcanzable para todos menos para él, sin embargo, eso no ha sido posible y el “calientabragas” tiene que salir a conquistar para autoconvencerse de que tiene la pareja que tiene porque quiere pero podría tener alguien mejor, mostrando así sus más profundas miserias ya que, por pánico al fracaso, no se atreve ni siquiera a preguntarse si esas personas a las que seduce y con las que no llega a nada estarían dispuestas a tener algo serio con él.

   A pesar de todo, tengo que reconocer que mi último “calientabragas” me hizo pasar muy buenos ratos. Su falta de inteligencia emocional le hizo decir cosas que le delataron desde el primer momento, por lo que decidí que, además de “calientabagas,” fuese también “pagafantas”, otro vocablo que me dibuja una sonrisa casa vez que lo escucho pronunciar. Dicho y hecho, el pobre “calientabragas” me invitaba a cenar, a beber, al cine…, incluso llegó a cocinar para mí… gratis. Estaba tan manso que un día decidí llevármelo de visita al trabajo para dar celos a un chico que me gusta. Ahí iba él, orgulloso de llevarme a su lado, tan seguro de tenerme bebiendo de su mano que no supo mirar más allá de sí mismo. Creo que llegué a alimentar tanto su ego que me convertí en su adicción, en una especie de droga de droga de la que no le era fácil desengancharse. Me enviaba mensajes al móvil nada más levantarse, me proponía mil planes para quedar a solas conmigo, me enviaba fotos de su perro como excusa para iniciar una conversación, me escribía justo antes de irse a dormir… Casi logra que la imagen de falso despiadado que yo tenía de él se tornase en patético desesperado, pero una vez más sus comentarios desafortunados me hicieron volver a la realidad. De hecho, una de las cosas que más me chocaban era que cada vez que nos despedíamos me abrazaba muy fuerte durante bastante rato y me daba un beso en la cara. Nunca he llegado a entender por qué lo hacía, supongo que su inmadurez y su incapacidad para mantener una relación sana le hacían hacer cosas absurdas.

   Me dedicaba tanto tiempo que al final pasó lo que todos esperábamos, su novia empezó a sospechar y, en lugar de hablar con él como harían las personas cabales, se dedicó a investigar sus redes sociales hasta que dio conmigo. Es muy curioso que invirtiera su tiempo en mirar las fotos y las historias de mi perfil como una forma de reclamar su virtual posición en la vida de un ser tan pusilánime.

   Reconozco que al principio confundí el perfil de la susodicha con uno de esos spam que te saltan con señoritas “no muy decentes” según la moral cristiana, pero luego entendí que la pareja de estos seres tan simples deben ser también seres poco brillantes, más preocupados por su físico que por su dignidad.

   Llegados a este punto, decidí que era el momento de representar mi gran papel. “Show must go on”, por lo que dejé, por última vez, que me invitase a cenar a un restaurante rico y ahí, justo en el momento en que la camarera dejó los platos sobre nuestra mesa, le enseñé una foto de su susodicha en la que iba desnuda con un vestido con el que era imposible llevar bragas ni sujetador sin enseñar hasta las etiqueta de fabricado. De repente su cara se puso roja, luego blanca, y luego un poquito azulada mientras hacía unas muecas raras y unos movimientos más extraños, si cabe, con las manos, el cuello y los hombros mientras yo por dentro reía y reía. Entonces cogí un trozo de lasaña, me la metí en la boca y mastiqué lentamente mientras disfrutaba con su baile de movimientos arrítmicos hasta que me levanté y me fui del restaurante para poder hacer ruido con las carcajadas que estaban deseando salir de mi garganta.

   Al final estos seres absurdos hacen que valores aún más a las personas que tienen valores como la sinceridad, la bondad o la generosidad; pero no puedo dejar de agradecer a mi último “calientabragas” todos los buenos ratos que me ha hecho pasar con su sarta de mentiras.

 

lunes, 29 de noviembre de 2021

En el andén

No sé si alguien siente lo mismo que yo cuando sube a un tren pero, a pesar de llevar 22 años haciendo el mismo recorrido, no dejo de sentir esa explosión de sentimientos cada vez que me siento en el sillón y miro por la ventanilla antes de que empiece a moverse. Siempre es lo mismo, gente que mira de fuera a adentro aunque sabe que el contraste de luz no les va a dejar ver nada, gente de dentro y de fuera que acerca su cara al cristal buscando despedirse una vez más con algún gesto cariñoso, y gente como yo –supongo que habrá más- que recordamos a esa persona que vimos por última vez en ese anden de baldosas rojas tirándome un beso y diciéndome adiós para siempre.

En ese andén y en ese banco de piedra hemos vivido muchos momentos, como aquel en el que nos despedimos la primera vez que mamá ya no estaba con nosotros y nos prometimos hablar por teléfono todos los días de nuestras vidas para asegurarnos de que los dos estábamos bien. Y así lo cumplimos durante más de un año hasta que tú, cansado de tantas despedidas y de verme partir tantas veces, decidiste que ya era hora de marchar con mamá.

Nadie imagina que yo, cada vez que vuelvo a Madrid, desde el asiento de ese tren parado, siempre miro por la ventanilla y te veo diciéndome adiós, y dentro de mi cabeza repito: “No te preocupes, papá, cuando llegue a casa te llamo para que sepas que he llegado bien”.

domingo, 10 de octubre de 2021

Måneskin también es poesía

   “Que ya no se lee poesía, que la poesía es cosa de los antiguos, de Bécquer, Quevedo y esa gente…” Este fue el comentario que escuché anoche en un bar del barrio madrileño de Lavapiés. Tal mensaje salió de la boca de un adolescente que expresaba su opinión a quienes parecían ser sus colegas mientras le daba un trago a su tercio de Alhambra. No sé si me dejaron más sorprendida sus palabras o el hecho de que llevase una camiseta con el logotipo de Måneskin, un grupo italiano de rock, estampado en la parte delantera. ¿Cómo puede alguien llevar en su pecho auténtica poesía pero a la vez negar que esté de moda? Sin duda, magnífica contradicción que me lleva a preguntarme si realmente ese es el pensamiento de la mayoría de las nuevas generaciones. Sinceramente, no lo creo; no puedo creerlo. La poesía es una expresión de sentimientos acompañada de ritmo; la poesía es intentar plasmar en un papel lo que de nosotros solo conoce nuestra alma, nuestros pensamientos más íntimos; la poesía es libertad de expresión, desahogo, emoción, tristeza, rabia, felicidad… ¿Cómo podríamos seguir siendo humanos sin todas esas sensaciones?

   Tal vez el problema esté en la enseñanza, en la manera en que a veces se explica la poesía, como algo lejano en el tiempo, con un lenguaje enrevesado como el de Góngora o como el pesar de un enamorado como Neruda o Bécquer. Sí, eso es poesía, pero la poesía no solo está en los versos de un poema, la poesía vive en las pintadas de las fachadas de edificios, en las canciones –y no solo en las de amor-, en los anuncios publicitarios... Y es que la poesía no nació para leerse, nació para cantarse, para recitarse en público con ritmo, armonía y musicalidad;  y hoy, gracias a grupos como  Måneskin, se sigue cantando.

   Al igual que la literatura italiana sedujo a nuestros literatos renacentistas, entre otras cosas,  por la musicalidad de su lengua y por composiciones como la terza rima, la lira o la silva; Måneskin, ese grupo formado por cuatro adolescentes italianos, está triunfando por toda Europa con su poesía, esa dulce poesía que nos emociona con historias como la de “Coraline”. Las entradas para sus conciertos se agotan en apenas horas, los recintos donde actúan se llenan de gente que desgarran sus gargantas porque quieren que se les oiga -a pesar de no tener el micro de Damiano- sin darse cuenta de que están recitando poesía, ¿o acaso no es poético escuchar cómo miles de personas gritan a la vez “for your love I’ll do whatever you want”? Muchos se preguntan quién es esa Marlena que “torna a casa”, y es que, al igual que Garcilaso con su “Elisa” o Lope de Vega con su “Lucinda”, los Måneskin también tienen su musa, sienten amor, miedo –aunque no “la paura del buio”-, inconformismo ante la vida…, un huracán de sentimientos que expresan a través de la música, esa música que desde hace siglos envuelve la poesía y hace que la encuadremos en ese género conocido como lírico.

   Es maravilloso ver cómo cuatro jóvenes sienten esas ansias de mostrarle al mundo su poesía, de recitarle versos a los que adornan con una vestimenta rompedora que no es de hombre ni de mujer, sino de personas. Frases como “perché la vita senza te, non può essere perfetta” bien podrían haber pertenecido a Neruda, Lorca e incluso ese mismo sentimiento se encuentra en la “Égloga I” de Garcilaso, ese español al que tanto le influyó Petraca.

   Demasiados valores, demasiadas expectativas puestas en un grupo de rock cuyos miembros han tenido que recordarnos que solo tienen “vent’anni”.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Amor

Y entonces, cuando crees que tu vida está tranquila, viene alguien y lo pone todo patas arriba.
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